Martes, 22. Mayo 2012

Paradojas del 11S
Áreas
Escrito por miguel manzanera   

Hace ahora diez años un grupo de terroristas islámicos se enfrentó al Imperio norteamericano, estrellando un par de aviones contra las Torres Gemelas y otro más contra el edificio del Pentágono. Casi nada. Hoy los integristas islámicos luchan en Libia apoyados por los generales de la OTAN bajo comando norteamericano. ¿Cómo puede ser?, ¿qué ha pasado en estos diez años?  Lo que sucede es que la inteligencia militar de las democracias liberales ha vuelto a controlar las organizaciones del integrismo islámico, gracias al apoyo inestimable de las monarquías del golfo pérsico y la península arábiga. Ha vuelto, porque no olvidemos que al Qaeda y su dirigente Ben Laden, son una creación de la inteligencia de la OTAN, que en algún momento, como el monstruo de Frankenstein, se volvió contra su creador. Sin embargo, la ocupación de Irak y Afganistán ha servido entre otras cosas para que el comando imperialista tenga de nuevo bajo control al integrismo islámico –y ahora se nos aclaran los atentados masivos contra la población civil chií de esa organización terrorista teledirigida por el departamento de inteligencia estadounidense. El imperialismo ha optado por incrementar su control de la escena internacional sobre la base del desarrollo militar. En su explicación de la guerra de Libia, Ahmadineyad, presidente de Irán, daba en el clavo hace un par de días en una entrevista a la TV portuguesa: occidente tiene problemas económicos y ha decidido resolverlos con la guerra de Libia para bajar el precio del petróleo. Una sencilla constatación que liquida como inútiles los ríos de tinta y las miles de imágenes que han servido para justificar esa campaña bélica. La causa de la guerra son los problemas del modo de producción capitalista en decadencia, que habiendo alcanzado el  ‘pico del petróleo’, se encuentra sumido en una auténtica crisis de materias primas que pospone hacia el futuro en una huida hacia delante. El secreto de la crisis financiera está en el precio de la destrucción del planeta por la industria capitalista.

El siglo XXI verá el final de la era del petróleo y los combustibles fósiles; no es previsible que el desarrollo de las energías alternativas pueda suplir la aportación de esos combustibles a la opulencia actual. Y no parece que las poblaciones del mundo desarrollado vayan a renunciar por las buenas a esa opulencia. Por tanto, con el final de la energía barata se acabará también el capitalismo liberal, pero lo que vendrá puede ser peor todavía. La alternativa que enfrentamos es la que ya mostró Rosa Luxemburgo hace un siglo: ‘socialismo o barbarie’.

Como en la guerra civil de Afganistán en los años 80 –que sirvió de apoyo para derrotar a la extinta U.R.S.S.-, ahora los integristas vuelven a ser utilizados contra los regímenes progresistas musulmanes con la creación de un falso ejército rebelde apoyado por las armas occidentales. Los ‘hermanos de la libertad’, que pelearon contra la República afgana laica aliada a los comunistas, se han transformado en los ‘revolucionarios libios’ sin perder sus esencias integristas –se llevan bien con los dirigentes de la OTAN, auténticos integristas del libre mercado.

La correlación de fuerzas internacional ha cambiado desde principios de siglo hasta ahora. Si entonces podíamos confiar en un ascenso de la izquierda mundial, hoy en plena crisis económica, esa esperanza parece mucho más débil. El dato más preocupante de la coyuntura es la completa indiferencia de la opinión pública; a lo que se añade la ignorancia de esos intelectuales al servicio del imperio que se permiten pontificar sobre el destino de la humanidad con cuatro ideas en la cabeza. Ciertos sectores mayoritarios de la opinión pública occidental, que se tragan las informaciones de la prensa occidental, aceptan que la libertad es tener las tiendas llenas de bienes consumibles; para ellos cualquier crimen es válido si permite mantener su nivel de vida. La mayoría de las poblaciones del mundo desarrollado ha abrazado ese credo sin dudarlo, apoyando con su voto a partidos y dirigentes que cabría calificar de extrema derecha como el Popular español y el Tea Party norteamericano, Bush y Obama, Sarkozy o Berlusconi.

La prueba más clara de la hegemonía de la OTAN a nivel mundial, viene ofrecida por la guerra de Libia. No sólo resulta que la OTAN ha podido repetir la operación de Irak una vez más, sin que podamos impedirlo; es que además lo hace sin levantar la más mínima protesta de la ‘ciudadanía democrática’. Hoy en día los generales del ejército más poderoso del mundo pueden organizar un genocidio, tomando como excusa la salvación de unos ‘civiles demócratas’, sin que la opinión pública caiga en la cuenta de que algo no encaja en ese cuento. La guerra de Libia se antoja así el preámbulo de futuras agresiones y una generalización de la violencia militar en los próximos años.

La OTAN ha conseguido imponerse de nuevo a través del poder mortífero de la violencia militar que ahora posee. Las enormes inversiones estadounidenses y demás países miembros, en armamento e investigación bélica, han creado un poderosísimo ejército que no puede ser resistido por nadie en la actualidad. La OTAN ha vencido en Palestina, donde el Estado de Israel se asienta como realidad indestructible, y quizás permita una Autoridad palestina subordinada como concesión graciosa. Han destruido Irak, Afganistán y Libia, y casi medio Pakistán también. Explotan las riquezas africanas sin freno, después de haber creado un enjambre de Estados fallidos y permitido varios genocidios. Han conseguido que China y Rusia se conviertan en países capitalistas –aunque el primero todavía sigue controlado por un aparato de Estado dominado por el partido comunista. El miedo a la intervención militar en América, está comenzando a revertir la situación con el golpe de Estado en Honduras y la victoria de la extrema derecha en las elecciones chilenas, además de la política de moderación de los países gobernados por la izquierda en Bolivia, Ecuador y Venezuela, y también en el Brasil de Dilma Roussef, la heredera de Lula da Silva.

El movimiento contra la globalización se ha transformado en una movilización de jóvenes sin futuro. Las protestas en Europa muestran un carácter defensivo que no tenían hace años, si bien hoy parecen mucho más extendidas, alcanzando a nuevas capas de la población. Ese es otro índice de que la situación ha cambiado desde hace cinco años, y el impulso revolucionario de aquellos años de principios de siglo ha sido frenado en seco por las amenazas del poder imperial.

 

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